El proceso creativo de mi novela
Los dueños es mi primera novela publicada. Tenía ganas de escribir algo dentro del contexto histórico de Argentina. Había realizado algunos intentos, pero ninguno me convenció lo suficiente como para avanzar con un proyecto a largo plazo. Hasta que un día, después de leer un artículo sobre la década infame (por ese entonces cursaba Letras en la UBA y tenía que escribir una monografía sobre Los siete locos), pensé en una historia que sucediera dentro de dicho período histórico y que reflejara las tensiones, tanto políticas y sociales, de la época.
Empecé a redactarla de manera bastante impulsiva, sin un plan determinado, como si estuviera haciendo una catarsis. El resultado fue un relato de unas veinte páginas. Ese texto fue sometido a sucesivas correcciones, hasta que empecé a darme cuenta de que daba para algo más extenso. Se fueron sumando nuevas ideas a la idea original, la historia se fue expandiendo hasta llegar, luego de varias reescrituras, a la versión publicada. Ese proceso me llevó unos cuatro años de trabajo.
No recuerdo puntualmente cuál fue la primera escena que escribí. Lo que sí recuerdo fue el momento en que vislumbré a tres de los personajes sobre los que gira la mayor parte de la trama: una muchacha rusa que se escapó junto a su madre de una Europa devastada por la Primera Guerra Mundial, un jóven italiano de firmes convicciones que abandonó su patria luego del surgimiento del fascismo y un empresario argentino representante de una aristocracia que buscaba recuperar los privilegios perdidos luego de la sanción de la ley Sáenz Peña. Otra de las cosas que tuve en claro desde el inicio fue el momento histórico en el que se desarrollarían los hechos: el año 1930, durante los meses de gestación y consolidación del golpe que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen.
Escribir es un oficio apasionante porque uno va registrando los vericuetos por los que la historia transita. A veces se introduce en un callejón sin salida y tiene que desandar el camino para seguir por otro. En ocasiones, se encuentra con una encrucijada y debe decidir qué dirección tomar. Es posible también que descubra una recta luminosa y llana, con un mínimo de obstáculos que puede superar con relativo esfuerzo.
Llegado a un determinado punto, se me hizo necesario vislumbrar el final. Contra lo que suponía, apareció sin demasiado esfuerzo y cuando lo tuve en mi cabeza, lo registré en mi libreta de notas. El hallazgo me proporcionó un gran alivio que me duró poco. Ese final era posible sólo si cambiaba parte del camino ya transitado (y que creía seguro, firme, inmodificable). Esto me brindó una gran enseñanza: nada debe considerarse definitivo durante el proceso de escritura, todo está sujeto a cambios, el material narrativo muta constantemente, como un virus.
Además de ser apasionante, escribir es un oficio solitario. En mi caso, suelo practicarlo durante la noche. Mi actividad laboral me insume ocho horas diarias de lunes a viernes. Tengo una familia a la que prestar atención, cuestiones domésticas que atender, problemas que van apareciendo en la vida cotidiana que requieren solución. Afortunadamente, cuento con una compañera de vida a la que le resulta una buena idea que yo sea escritor y aporta lo suyo para que pueda practicar este oficio. No obstante, muchas veces el tiempo es escaso y los proyectos se alargan. Todo es cuestión de paciencia y de seguir escribiendo en orgullosa soledad, como decía Roberto Arlt.
Cuando tuve la primera versión, dejé pasar algo de tiempo, el suficiente para que mi cabeza se desconecte de la historia y pudiera tomar distancia de ella. Pasados unos meses, retomé el manuscrito y lo leí de corrido. Allí aparecieron las inconsistencias en la trama, los párrafos explicativos, los excesos del vocabulario. Las sucesivas revisiones se enfocaron en eliminar todos esos vicios, en pulir las asperezas, en quitar lo malsonante. Para lograr esto último, un ejercicio que me resultó productivo fue leer el texto en voz alta.
Otro buen ejercicio es alternar la escritura con la lectura. La lectura es el paso previo a la escritura. No se puede ser escritor sin ser antes lector. La biblioteca es el mejor taller literario que conozco, al que asistieron los escritores de todo el mundo y de todas las épocas. Sin embargo, es necesario contar con otra mirada. Un taller literario serio la puede aportar, pero también un lector avezado, con ojo crítico, que puede ser un amigo o un familiar, alguien que más allá del vínculo afectivo, nos hable con honestidad. Las devoluciones honestas y constructivas son esenciales en el aprendizaje de este oficio, que nunca acaba.
Dado el contexto de la novela, fue necesario realizar una investigación histórica para poder enmarcar los hechos. Para ello, recurrí a autores que escribieron sobre el período de las presidencias radicales: Félix Luna, Luis Alberto Romero y Roberto Etchepareborda. También Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, de Osvaldo Bayer, para conocer el estado del movimiento obrero de aquellos años, en particular, el del movimiento anarquista. El libro de Albert Londres, El camino de Buenos Aires, me brindó información acerca de la prostitución y la trata de blancas de aquellos años.
¿Cómo supe que la novela estaba terminada? Es difícil establecerlo. Cuando lo que modificaba no eran grandes bloques de texto, sino detalles (alguna palabra o frase que me resultaba un poco mejor), pude inferir que estaba llegando el momento de redondear la tarea. Uno tiene que sentirse bien con el resultado obtenido y tener la convicción de que trabajó con honestidad y coherencia.
Estas son, a grandes rasgos, las cuestiones que caracterizaron el proceso creativo de mi primera novela publicada. Ha llegado el momento de sumergirme en mi próxima aventura literaria. Me gusta hablar del proceso creativo como una aventura. Me remite a las novelas que leía en mi juventud, las de Julio Verne, de Emilio Salgari, de Robert Louis Stevenson. En esos relatos los personajes se adentran en un mundo desconocido e inexplorado en donde todo está por descubrirse. Escribir se parece bastante a eso. Es como subirse a un barco para navegar por una zona incierta y al mismo tiempo atractiva, difícil pero también estimulante, extraña y a la vez deseada.