Mejor arder que apagarse lentamente
Había caído como un colchón viejo sobre el pasto húmedo. El alambre me había raspado al pasar. Mala entrada. Torpe. Me quedé un segundo quieto, escuchando.
Nada.
Solo el viento contra la casa.
Me incorporé como pude. La remera estaba llena de barro.
No podía irme. No después de aceptar la plata.
Diez mil dólares.
Seguí bordeando la casa, pegado a la pared, hasta que la vi: una puerta baja, medio escondida. Miré hacia la calle. Después hacia el fondo. Me dolía el brazo izquierdo por la caída. Tenía que pensar en frío.
La puerta estaba entreabierta. Apenas crucé, el aire cambió. Más pesado. Bajé un escalón que no había visto desde arriba.
Después otro. La luz era distinta ahí abajo. No más baja, pero sí más opaca, como si no terminara de iluminar todo.
Seguí avanzando.
El piso estaba húmedo en algunas partes. A un costado, encontré una máquina. Blanca. Cuadrada. Con caños que subían por la pared y desaparecían en el techo.
Parecía nueva. O no. Como si alguien la hubiera limpiado hace poco.
Me acerqué lo suficiente como para escucharla. No hacía ruido.
Pero igual daba la sensación de estar funcionando. Apoyé ambas manos. La vibración era constante. No cambiaba. Al retirarlas, el silencio volvió enseguida, como si se cerrara.
Miré alrededor otra vez. No había nada más.
Solo esa máquina encendida en un lugar donde no parecía hacer falta.
Me di vuelta para volver sobre mis pasos.
La puerta por la que había entrado ya no estaba abierta. No recordaba haberla dejado así. Continué.
Había otra abertura más adelante. Sin puerta esta vez. Un marco vacío.
Desde ahí venía una luz distinta. Apoyé la mano en la pared. Estaba tibia. Me quedé un segundo así y continué caminando, moviéndome lo más sigiloso posible.
El espacio se abría hacia un pasillo más claro. La luz ya no venía de un solo lugar. Había ventanas. No me acerqué a ver.
Entré en una habitación.
Había una cama. Deshecha, pero no del todo. Me senté en una esquina. Restos de cigarrillos en sábanas amarillentas, cargaban el ambiente con un dejo de angustia adolescente. Me había llamado la atención un bloc de notas todo garabateado y con hojas arrancadas, como si se tratase de un animal. Nada importante, unos números anotados, otros tachados frenéticamente. De pronto, sentí un olor desagradable y decidí levantarme.
Las paredes estaban cubiertas de madera oscura. Los estantes vacíos. Salvo por una foto enmarcada y grande. Una chica de pelo rubio, semi desnuda y con rosas en los costados de la cara, sostenía una bebé en brazos. Estaba apoyada, no colgada.
Salí.
En otra habitación. Podía escuchar que sonaba una canción en algún reproductor de música. Al acercarme, me dí cuenta que parecía una canción conocida de R.E.M, pero no estaba del todo seguro.
A la derecha, otra puerta: el baño. La luz era más blanca ahí adentro. El espejo devolvía todo sin suavizar nada.
La bacha estaba asquerosa. Ahí también había restos de cenizas, una cuchara, paquetes de cigarrillos abollados en un rincón. Champú para bebés abierto y sin tapa, y un jabón tirado en el suelo que dejaba toda la marca de espuma seca. Como si alguien los hubiera dejado ahí con el menor interés después de usarlos.
Abrí la canilla para limpiar un poco el barro de las manos. No salía agua.
De pronto escuché un golpeteo que parecía venir de la parte de arriba de la casa
El ruido fue más fuerte de lo que esperaba. Me quedé quieto un segundo. Esperando que alguien respondiera. Nada.
El pasillo terminaba con unas escaleras de madera con toques de hierro en los costados. No quise subir. Alguien andaba por la casa. Además, el aire ahí era aún más frío. Las paredes estaban revestidas en baldosas.
Un radiador contra el fondo. Blanco. Demasiado blanco.
No parecía viejo.
No parecía nuevo.
Me acerqué. Apoyé la mano. Frío. Pero no muerto. Como si en algún momento lo hubieran encendido y todavía quedara algo.
Un resto.
Al fondo observé que había una cocina y algo similar a una puerta de entrada alterna a la casa.
Era el lugar donde entraba más la luz, pese a que los días en Seattle suelen ser casi siempre grises, sobretodo aquel día.
Al acercarme, la mesada estaba hecha un desastre —que raro pensé—. Un vaso dado vuelta, otro roto. Un para de latas de gaseosa y cerveza abiertas, otras escarchadas contra el piso, platos sucios. Rastros de comida chatarra por doquier.
Me acerqué a la pileta. La canilla estaba apenas girada. La acomodé.
Miré hacia la ventana.
La luz tan saturada que había observado antes venía de algo parecido a un cobertizo, ahí afuera, frente a la misma cocina.
Tragué saliva. Si lo encontraba lo tenía que convencer de que era una mula enviada por su amigo Dylan, y que este lo estaba esperando afuera. ¿Si la mentira salía bien? Vá a salir bien —decía en mantra para relajarme—.
Abrí la puerta de vidrio al costado. No estaba cerrada, aunque tuve que empujarla.
El aire. Más húmedo. Menos denso. El pasto estaba intacto. Casi sin marcas.
Miré hacia atrás.
La cocina seguía ahí. Desordenada. Lejana. Como si no perteneciera del todo a la casa.
El invernadero estaba a unos metros. Una escalera llevaba a la parte de arriba. Quizá ahí lo encontraría. No quería volver a esa casa espectral.
Los vidrios estaban opacos, empañados en algunas partes.
No se veía bien desde el exterior pese a la luz que brotaba de ahí.
A medida que me acercaba, el sonido cambiaba. ¿Sería su voz?
Me detuve frente a la puerta. Apoyé la mano en el vidrio. Estaba tibio.
Del otro lado, una forma. No se movía. Permanecía quieta. Esperé.
Sentí como si hubiera estado esperando ahí antes de que yo llegara.
Decidí entrar.
La humedad —aún más densa— se me pegaba en la cara.
El suelo estaba cubierto de tierra oscura, removida en partes.
Macetas de distintos tamaños, algunas en el piso, otras elevadas con tablas improvisadas.
Las plantas ocupaban casi todo el espacio. La luz caía desde arriba, filtrada por el vidrio. No llegaba igual a todos lados.
A un costado, un banco de trabajo contra un lateral. Cosas apoyadas:
Una cuchara ennegrecida.
Un encendedor.
Una billetera abierta.
Una banda elastica suelta.
Nada acomodado, pero tampoco tirado.
Ahí estaba. De espaldas.
La camisa abierta, la remera debajo, un jean gastado. El pelo dorado cayéndole sobre los hombros.
No se movía.
—Hola —dije.
Tardó en reaccionar —o ni siquiera—.
Me acerqué un poco más. El sonido de mi paso se perdió enseguida.
La figura apenas inclinó su cuerpo hacia una de las plantas. Apoyó la mano sobre la tierra. La sostuvo. Después la soltó.
—Estoy buscando a alguien —dije con la voz temblando.
La figura no se dio vuelta.
—…ya no queda nada —dijo.